Adiós a otro cine

Cierra otro cine y no uno cualquiera. Sirvan estas líneas como pequeño homenaje al cine de pueblo que me enseño a soñar e imaginar.

Lo único que recuerdo que quedaba del cine Avenida es su fachada gris y un letrero de neón polvoriento que de haber dado luz hubiese sido negra antracita. Cuando lo derribaron, en la pared del edificio contiguo quedó la cicatriz de una sala alta. En una parte del solar construyeron unos apartamentos turísticos y en el resto, los coches aparcan, como si fuera un autocine fantasma.

Estaban las historias de mi abuelo, que me explicaba que de pequeño acompañaba a su padre a vender los caramelos y dulces que hacían donde se proyectaran los filmes. Por lo visto, mi bisabuelo también se encargaba de transportar las bobinas de las películas en bicicleta de pueblo en pueblo.  Sí, hubo un tiempo, antes de la televisión, donde el séptimo arte era popular como las chucherías y llegaba a todas partes.

Nunca conocí al cine Avenida, excepto por los rastros evocados, pero sí al cine Urgell, que ahora anuncia que cierra. Fue mi primer cine y el único en funcionamiento en Mollerussa durante décadas, pero no el primero en dar un portazo. Curiosamente, otro cine Urgell, el de Barcelona, dijo adiós hace un año.

En Barcelona, la primera sala que cerró y eché de menos fue el cine París, que inundaba el Portal del Ángel de olor de palomitas. Luego vino el Casablanca, en los Jardinets de Gràcia, cómplice de tardes de celuloide desde los días de la universidad. Últimamente, fue el Cine Alexandra, con un vestíbulo para moverse a cámara lenta tras un teleobjetivo.

Sin embargo, el cierre del cine Urgell irrita más. Hace ya años que se acabaron las sesiones dobles sabor a chocolate blanco y regaliz de fresa, donde se proyectaban títulos tan dispares que ninguna programación revival sería capaz de recrear. Los puentes de Madison County junto a Mortal Kombat. Fue transformado en un pequeño multisalas y así agonizó hasta que la alta definición digital le dio la última estocada. Una inversión, la del cine digital, inasumible.

En la gran capital quedan salas abiertas y se abren de nuevas. En los pueblos, quedan edificios vacíos y un puñado de recuerdos. Los Goonies en un pase escolar, la vez que subí al escenario a recoger un premio, un Greenaway antes de saber quién era Greenaway, el primer beso de mis vecinos, las risas cómplices de la noche del estreno de Mars Attacks, las maratones nocturnas de cine de terror o la decepción de La Amenaza Fantasma.

El séptimo arte, más bien su consumo, dicen, está en plena transformación. Se habla de segundas pantallas mientras las primerísimas se esconden tras cortinas tupidas que jamás volverán a correrse. ¿Surgirá en un pueblo periférico alguna iniciativa cinéfila capaz de hacernos olvidar salas como el Urgell? Soñamos, imaginamos y eso es algo que aprendimos en una sala oscura.

 

 

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