Una lectura proustiana de ‘La gran belleza’

Cual magdalena de Proust, si pruebas La gran belleza van a inundarte recuerdos, imágenes pasadas y un gran deseo de volver atrás. O si más no, de volver a ver la película de Paolo Sorrentino.

Póster de La gran belleza

Jep Gambardella, el escritor protagonista de La gran belleza, dice en un momento clave de la película que esperaba encontrar “la gran belleza” para volver a escribir. Lo cierto es que, dejando a parte el aval de los premios que ha conseguido, nos encontramos ante una “gran película” o una película de “gran belleza” y lo que ocurre estos casos es que, al contrario de lo que diga el personaje encarnado por Toni Servillo, no siempre es fácil escribir sobre ellas.

Lo que sucede con La gran belleza es parecido a lo que sucede en En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. No debe ser casualidad que el escritor francés sea uno de los citados en el filme junto a Louis-Ferdinand Céline y Gustave Flaubert. Sus imágenes te remiten a otro tiempo, a otro cine, al de maestros como Federico Fellini o Michelangelo Antonioni, a La dolce vita o a La aventura.

Hay más. A lo largo de las dos buenas horas y media que dura la película, como si hubiéramos probado la magdalena de Proust, revivimos unas vacaciones en Roma y nos encontramos deambulando por los alrededores de la piazza dei Cavalieri de Malta, pero sin nadie que nos abra la puerta de la villa que tiene una de las vistas del Vaticano más fotografiadas.

Los ecos se multiplican y la película de Paolo Sorrentino admite tanto un paralelismo con las famosas fiestas de Silvio Berlusconi como el ser una crítica punzante contra cierto arte contemporáneo, donde Gambardella no ve belleza alguna.

Una reivindicación de la nostalgia

Volvamos a seguir el hilo de Proust. Si en la novela tenemos los salones parisinos, en la película, las fiestas hedonistas de Gambardella y su círculo histriónico de amistades. Siguen las similitudes, pues los dos protagonistas son escritores. Más allá de las correspondencias, se desprende una parecida actitud.

En un momento de La gran belleza, uno de los amigos de Gambardella, subido a un escenario, exclama lo siguiente:

«¿Qué tenéis contra la nostalgia? ¿Eh? Es la única distracción para quien no cree en el futuro. La única.»

En la vida de excesos de Gambardella hay un instante especial, uno sólo, por el que vale la pena vivir una existencia vacua, por el que uno podría dejarse caer en los brazos de una nostalgia que parece vedada en nuestros días de velocidades digitales. Como en El tiempo recobrado, uno puede recuperar ese tiempo mágico, ese segundo de una gran belleza y hacer que todo vuelva a empezar.

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